La princesa mora de Hervás

La historia de un tierno amor truncado por intereses, cuyo final compromete el honor de toda una familia 

 Muy triste es la historia de la princesa mora de Hervás que, por amor, comprometió fatalmente a su familia, desencadenando un final desgraciado.

El padre de la princesa Zoraida era el señor de la fortaleza de Hervás (donde hoy se encuentra la iglesia de Santa María), familia conocida entonces como Los Cañadas (de origen mudéjar) descendientes de los caudillos de la Torre de Ambroz, de quienes recibieron legítimamente el gobierno de este pueblo, vinculado a la orden del Temple bajo cuyas normas se regía.

Cuentan que Zoraida, una niña de 14 años, había heredado la gran belleza de su madre de igual nombre y para distinguirlas, el pueblo llamaba a la hija  la princesa Zoraida.

La princesa estaba sujeta a estricta vigilancia y sólo paseaba por el interior de la fortaleza junto a su hermano Froilán, con quien recorrió todos los rincones del castillo hasta que no tuvo ningún misterio para ella. Llegó a conocer a la perfección cualquier puerta, cualquier almena, podía recorrer con los ojos cerrados todos los pasadizos y subterráneos de la fortaleza.

Así, esquivando la vigilancia, la Princesa Zoraida por diversión, logró realizar diversas salidas del recinto fortificado mediante los túneles secretos que salían al río Ambroz, porque le encantaba mezclarse con los campesinos y pasearse por las márgenes del río.

Pasó el tiempo en la sucesión de salidas furtivas de la princesa Zoraida. Ya tenía 18 años, era una dama esbelta y primorosa, sus cabellos robaban los rayos del sol, refulgía su belleza, que a todos admiraba y detenía.

En una de sus salidas por el túnel de Pedregoso se topó con un pastorcillo, quien creyó estar ante la presencia de una diosa. Zoraida, acariciada en su orgullo femenino, le quitó de su error y se presentó ante Arcadio, que así se llamaba el pastor, poco mayor que ella.

La princesa Zoraida y el pastor Arcadio trabaron una amistad que se convirtió con el tiempo en un delicioso amor, por lo que un día, como consecuencia feliz, decidieron casarse.

Sin embargo, la diferencia social entre los amantes era demasiada: una rica heredera y un humilde pastorcillo. Había una distancia insalvable e innumerables problemas.

No obstante, la princesa Zoraida estaba decidida a casarse con su pastorcillo y no habría ninguna traba que se lo impidiera gracias al plan que había ingeniado, consistente en ir extrayendo poco a poco las alhajas del tesoro familiar hasta dotar a su pastorcillo de suficientes riquezas para ofrecerlas en dote a los padres de la princesa. Como era inmensa la fortuna custodiada en la fortaleza, nadie se percataría.

El tesoro familiar estaba en una cámara junto a otros tesoros de los Señores de la Torre de Ambroz (terratenientes soberanos a quienes pertenecían las tierras en representación de la Orden del Temple) y Zoraida en una ocasión, en uno de sus hurtos, sustrajo el legendario collar de la reina (que perteneció según las crónicas a una de las amantes del Señor de Ambroz), herencia considerada como reliquia inestimable.

La ausencia de joya tan apreciada no pasó desapercibida y se acusó de sacrilegio a la familia de los Cañadas. Rápidamente la sentencia golpeó a los miembros de la familia. Los padres de la princesa fueron ejecutados. Su hermano Froilán, desterrado. El pastorcillo Arcadio abandonó el pueblo y la princesa Zoraida, sola, se escabulló y nunca más se supo de ella.

Tampoco nadie supo nunca dónde escondía el tesoro que almacenó, a expensas de la orden del Temple, y por eso muchos aún lo buscan por los alrededores de Hervás, explorando cada palmo de tierra, esperando encontrarlo, y hacer que las huellas amargas de este amor desgraciado consigan suavizar la vida de alguien con mayor suerte.

 

José Juan Martínez Bueso

Fuente Foto: Patrick

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