La mirada de la crisis. Estebanillo González, soldado y bufón

La historiadora María Rosario Osorio nos ofrece el diagnóstico social que se refleja en Estebanillo González, la última producción de Guirigai Teatro, adaptación de la famosa novela picaresca por Agustín Iglesias

Cuando en 1646 se publicó por primera vez en Amberes la obra titulada Vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo, Europa llevaba décadas cayéndose a pedazos. Casi treinta años antes, en la ciudad de Praga, una revuelta contra los Habsburgo, a la que se sumaron otros estados, hundió el continente en un largo conflicto bélico internacional. En 1646 la Guerra de los Treinta Años ya estaba tocando a su fin, pero una nueva contienda entre Francia y el llamado Imperio Español prolongaría los enfrentamientos durante muchos años más. Como resultado de todo esto los Austrias dejaron de ser los dueños de Europa, dando paso a nuevas potencias como Francia, Inglaterra, Suecia o las Provincias Unidas de los Países Bajos. En cierto sentido, aquel momento fue simbólicamente el fin de Roma, la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero no sólo las guerras asolaron la sociedad de aquellos tiempos. A mediados del siglo XVII, el mundo tal vez se hundió en muchos otros aspectos bajo los pies de los europeos. Demasiados hechos parecían haberse confabulado todos a una: el fin de la Cristiandad, la gran inflación europea, las hambrunas y la peste bubónica de mediados de la centuria, el nacimiento de la economía-mundo… Demasiada historia para digerir.

Por su parte, el viejo sistema señorial había tenido que cambiar tanto, a fin de no extinguirse, que en esta época ya apenas era reconocible. Para mantener su dominio social, cada vez más comprometido ante la fortaleza de nuevos valores, modelos económicos y ascendentes grupos sociales, los nobles habían ido entregando tiempo atrás sus prerrogativas más antiguas; habían cedido su independencia a las nuevas monarquías, renunciado a sus compromisos de vasallaje y aceptado que las guerras las hicieran estos reyes con sus ejércitos de mercenarios. Nacían así los primeros estados en el sentido moderno de la palabra, a la vez que el orden feudal, encargado de vertebrar Europa durante centurias, empezaba a ver el principio de su fin. Tiempos inciertos, de caos, confusión y extremada violencia. Quizá parecidos en eso a nuestros tiempos. Tal vez no sea casualidad que precisamente entonces, en medio de aquella vorágine de fuego, hambrunas, epidemias y villas arrasadas, fuera publicada una de las mejores y más singulares novelas de la picaresca española.

Estebanillo González -obra de autor y protagonista inciertos, objeto de largos debates y estudios filológicos- fue una novela muy leída y apreciada durante la Edad Moderna, llegándose a alcanzar cuatro ediciones en el siglo XVII y seis reimpresiones en el XVIII. No obstante, su suerte cambió en el siglo XIX, tal vez coincidiendo con la llegada de los nuevos valores burgueses europeos. Quedó entonces limitada al estudio de los eruditos, e incluso fue tachada de cínica, abyecta y repulsiva: la historia de un pícaro infame, rodeado de tipos no menos miserables, en un ambiente de absoluta disolución moral. Sin embargo, Juan Goytisolo, que también fue editor de obra, la calificó de magnífica, la mejor novela del siglo XVII después de El Quijote, la picaresca en su estado más puro. Es cierto que Estebanillo González es una nota discordante dentro de un género cuya intención moralizante aquí ni aparece ni se espera. Su protagonista está muy lejos de la ingenuidad de Lazarillo o de la mala conciencia de Guzmán de Alfarache, en su existencia no caben arrepentimiento ni redención; tampoco castigo. Los valores cristianos ni siquiera asoman a esta obra, donde nada parece indicar que exista una vida trascendente capaz de reestablecer el orden que este mundo ha destruido. Quizá por eso podamos ver en la historia de este pícaro una novela perfecta sobre la crisis, sobre cualquier crisis pasada o presente, sistémica, en la que todo pilar político, social o moral se desploma sin remedio. Cuando esto acaece, unos optan por aferrarse a los antiguos valores, otros sueñan con utopías y algunos hacen uso de la razón para mejorar en lo posible el estado de las cosas. Con frecuencia la crisis trae también consigo desesperanza, descreimiento, codicia y afán desmedido de disfrutar del presente: ante una sociedad que se rompe, sólo cabe pensar en uno mismo, sobrevivir y, como mucho, salvar unos pocos muebles. Y tal vez pescar en aguas revueltas para obtener ganancias sobre otros más débiles o menos afortunados. Todos estos ingredientes son parte de la cultura del Barroco, tan bien representada en nuestra obra. 

El incierto autor de Estebanillo González parece haber elegido el último de los caminos: la voracidad implacable, el engaño y la búsqueda inmediata del placer. También la risa y la burla sin piedad de todo y de todos.

La versión teatral de la novela que aquí nos ocupa, escrita y dirigida por Agustín Iglesias, dramaturgo y director escénico de Teatro Guirigai, no transita, sin embargo, por este camino. Estebanillo González, soldado y bufón (así es como Iglesias titula su adaptación) no es una obra cínica ni inmoral, no da por buenas las miserias de sus personajes, antes bien las expone con claridad y cierto distanciamiento, pero nunca con condescendencia. Bien es cierto que ni se justifican ni se condenan abiertamente los sucesos del relato, ni se busca tampoco aleccionar a un espectador que en todo momento es tratado como adulto y que, por tanto, tiene margen -tal vez también responsabilidad- en su elección. No obstante, como más adelante veremos, la crudeza de los hechos, aún envuelta en enorme comicidad, es tan rotunda que hace difícil la equidistancia.

Estebanillo González, soldado y bufón es un montaje deslumbrante, quizá la obra más vibrante, vitalista y dinámica de cuantas he visto realizadas por Teatro Guirigai. Su ritmo jamás decae ni deja un respiro al espectador. Tampoco hay tregua para la risa, porque esta bufonada eufórica y excesiva es desternillante de principio a fin. Junto a la mirada siempre contemporánea del director, hay en esta pieza dramática claros ecos del estilo barroco. Desmesurada, delirante, ampulosa… ese y otros adjetivos, tan propios de la literatura barroca, pueden aplicarse a una adaptación que logra también con vigor y claridad contar varios relatos a la vez, como a menudo hicieron los pintores de la época en sus grandes murales históricos o mitológicos.

La escenografía de Marcelino de Santiago, llena de luz y color, el rico vestuario de Luisa Santos y la vibrante música de Irma Álvarez contribuyen, por su parte, a recrear con eficacia la estética de los pintores de corte del siglo XVII. Además, la propuesta escénica resulta aún más compleja si tenemos en cuenta que en ella vemos teatro dentro del teatro, personajes que se convierten en actores para contar, a su vez, otras historias dentro de la historia. Las mil vidas de Estebanillo, así como sus mil oficios -cocinero, portaestandartes y soldado de infantería, proxeneta y bufón- transcurren en las regiones más dispares de Europa, en Bruselas, Baviera, Nápoles, Nordlingen, Arrás, Dunkerque, Thionville… A esos lugares, entre otros, nos lleva Agustín Iglesias con tan sólo tres actores, brillantes, versátiles, perfectos en sus múltiples registros; con ellos logramos ver la suntuosidad de las villas principescas, el fragor y la sangre de los campos de batalla, la bravura del Mediterráneo en la lucha contra el Turco.

El punto de partida de la versión de Guirigai tiene poco que ver con la novela original. Después de una vida llena de azares y aventuras, Estebanillo González ha logrado licencia del rey Felipe IV para abrir una casa de juegos en la ciudad de Nápoles. Una auténtica hazaña para un hombre de origen tan humilde, casi en la periferia de la sociedad. Nuestro protagonista ha conseguido este nuevo y flamante status gracias a su ingenio y sus trapacerías, pero después de un tiempo navegando en la cresta de la ola lo ha perdido todo por su mala cabeza y su afición al vino y a los juegos de naipes. Sus dos acreedores -bastante abyectos en ambos casos-, el capitán Gerónimo de Bran y el escribano y poeta Gabriel de la Vega, se han cobrado la deuda arrebatándole su casa de juegos, pero están dispuestos a ofrecer al pícaro una equívoca alternativa. Tal vez tan sólo una encerrona: si Estebanillo quiere recuperar su negocio, deberá entretener al auditorio congregado en la sala contando su historia. En realidad, entre los tres la contarán asumiendo diversos personajes. Desde la primera escena la cuarta pared queda rota, los tres actores ven al espectador, hablan para él y hacen de la narración una porfía cada vez más enredada y malévola, una lucha por el poder. Humillar al pícaro es el objetivo de sus adversarios, hacerle perder lo que ya ni siquiera posee. Por su parte, Estebanillo busca siempre engatusar al público, despertar su complicidad y simpatía. Perdido todo su caudal, sólo le queda la astucia, la burla y la comicidad como únicas armas; cuidado, porque tal vez nuestro antihéroe guarde un as bajo la manga. Así, entre juegos y chanzas, comienza la función. 

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