El paraiso perdido de Eduardo Fraile

El poeta y editor vallisoletano es el próximo invitado al Seminario Humanístico de Zafra el próximo 20 de abril. Compartirá con todos nosotros sus ideas a las 20'30 horas en el Parador de Turismo  

Sobre algunos autores se ha dicho que siempre escriben el mismo libro en un ejercicio progresivo construyendo y enriqueciendo su mundo (y Eduardo Fraile no sólo escribe libros sino que también los edita en su exquisita editorial Tansonville).

La obra de Eduardo Fraile (verso y prosa) es un buen ejemplo de la evocación de ese paraíso perdido en el que siempre se encuentra, paradójicamente, dado que va reconociéndose en él mientras más borroso parece focalizarse el presente vital del poeta (donde habita el desamor y la vaga nostalgia crepuscular), de modo que Fraile se sumerge en la evocación del pasado para entender desde allí su realidad actual.

El universo poético de Eduardo Fraile conforma un vivo retablo de su infancia y adolescencia en Valladolid y, como la vida misma, sus personajes conversan y circulan de libro en libro, enriqueciendo de matices un mundo cuyo centro es el yo poético desde el que este cosmos se revela coralmente, como una gran sinfonía llena de luz. 

Consecuencia del realismo poético de Fraile es el prosaísmo de su estilo en verso, de libérrima conformación espacial mediante el que mantiene una conversación íntima con nosotros los lectores,  interpelados en confortable monólogo para hacernos cómplices de su mundo (oreado de calle y sol) en un lenguaje sencillo, gesto que refuerza con las referencias culturalistas y pop que apuntalan muchos de sus poemas, al modo de guiños generacionales con que reforzar su/nuestra identidad, desplegada en un relato lírico que va madurando y aquilatándose en el tiempo, aromado de luces de otros soles que convergen en el paraíso recobrado, invitándonos siempre a volver para reconocernos allí, como quien vuelve al hogar remansado de paz para saborear la vida apaciblemente.

 

José Juan Martínez Bueso

 

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Los baúles II

 

Los baúles exhalaban un olor mezcla de naftalina,

lienzos, madera, tiempo, melancolía…

Quizá llevaban cerrados largas décadas

o contenían el ajuar de alguna de las bisabuelas,

todo bordado con sus iniciales y que nunca llegaron a estrenar…

Tardes soleadas de sus infancias dedicadas a labrar

(a hacer labor) para cuando llegaran a casarse,

y luego se casaban o no (quedarse para vestir santos, se decía),

pero de cualquier manera esas sábanas delicadísimas

no se usaban jamás. Quien haya entrado

en una casa de adobe y de vigas de madera

con frescor de cántaros y una colmena en el (desván…

Quien haya respirado ese aire como venido de otra (época

y se haya sobrecogido ante el silencio maravilloso

que habita en su interior, sabe de lo que hablo.

Porque los baúles olían así, a eso, a ese misterio

sin resolver, porque nunca se abrían,

su misión era estar en las alcobas

quietos, como dormidos, decididos a esperar

eternidades… 

                                        Eduardo Fraile

 

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